¡Aloha!
Ya estoy, chicos, ya estoy encaminada. Cuatro días después de volver de mis vacaciones, y ya me he quitado de encima 800 gramazos. Y eso que durante esta semana cuidar la alimentación ha sido más difícil de lo que esperaba. He tenido un hambre atroz, sólo los agujeros negros que se tragan hasta la luz podrían comprenderme. Me he mantenido, a pesar de esto, en las 1.500kcal. diarias -doscientas más de las que solía comer- y aún así tuve que hacer un ejercicio de contención propio de la fortaleza del Abismo de Helm en la batalla contra Isengard -Hola, frikismo-. Claro, esto tiene cierta explicación si tenemos en cuenta que he hecho bastante ejercicio casi todos los días y que vengo de unos cuantos días de viva-la-Pepa.
Recuperando el tema que quería abordar en la entrada anterior y que se vio eclipsado por mi arrebato de reivindicación semántica -me alegra por cierto no estar sola en mi tiranía, gracias por comentar-. Ya soy casi una corredora habitual, amigos -que no runner, eso never-, y quería contaros cómo me dio por empezar y qué tal está siendo la experiencia. Llevaba un tiempo dándole vueltas, ya que mis ingresos no dan para apuntarme a un gimnasio y que, a pesar de que tengo bici, las rutas que conozco, o son muy sencillas, o son demasiado empinadas... Y yo, amigos, sólo quería ponerme un poco en forma, en lo posible, sin morir en el intento.
Mi chico y yo salimos por primera vez ya hace más de dos semanas: sin reloj, sin móviles, sin control alguno, y teniendo en cuenta lo maniática que yo soy, fue en principio un poco desconcertante no saber siquiera el tiempo que llevaba. Mi intención fue salir, sin más, correr hasta donde pudiese, como si no hubiera mañana. Y lo conseguí ¡yey! (aunque mi novio se vio obligado a salir el doble de días para verdaderamente hacer algo de ejercicio, lo mío no contaba ni para quemar la tostada con tomate del desayuno).Lo verdaderamente difícil fue lo que vino después: levantarme temprano dos días después para volver a salir, ¡oh, sufrimiento! Aquí llegó, sin embargo, aquello que me hizo seguir hasta hoy... Diréis, ¿el amor incondicional hacia mi pareja que decidió acompañarme, sin importarle que salir conmigo suponía la misma cantidad de deporte que tumbarse en el sofá? Pues no, no fue eso -qué afortunado es de tenerme, ¿eh?-. Lo que me hace seguir día a día, sudor tras sudor, es lo picadísima que estoy conmigo misma. Cada día que salgo procuro llegar un poquito más lejos, unos metros aunque sea. Lo único que me hace seguir queriendo salir a correr es derrotar a mi yo del día anterior y decir ¡ja, pringá!
Y en eso estoy. Puede parecer estúpido, pero así es. No me gusta picarme con otra gente, a mí lo que me estimula es mejorarme a mí misma, y estoy sorprendida de que estoy consiguiendo gracias a ese igual-no-tan-honorable sentimiento. Hoy me lo estoy tomando de descanso, pero mañana saldremos con las bicis -lo que supone unas dos horas de ruta, aunque menos intenso que correr- y el domingo vuelta al turrón, ya os contaré si me supero o acabo enfadándome conmigo misma y pegándole una patada a una piedra -estoy quedando demasiado violenta últimamente :( -.
Os seguiré contando.
Prometo no ponerme cachitas, que mis curvis no las quiero perder tampoco.
Beso,
Noa.


